jueves, 28 de febrero de 2008

Cuando el viajero pasea por Madrid acaba acostumbrado a cruzarse con mujeres espectaculares, neumáticas, archiperfectas, atléticas, dinámicas y en absoluto vulnerables o siquiera accesibles para quien tiene prisa. Son mujeres que requieren su tiempo, su cuidado, incluso a veces de la inteligencia del viajero para conseguir una sonrisa o una mirada que hagan el caminar más informal.
Las mujeres de verdad, sin embargo, además de tener curvas, dan calor a quien se aproxima a ellas. El problema es que estas mujeres apenas abundan. Para encontrarlas se precisa de una buena brújula y un amplio conocimiento de las calles de la ciudad, de sus rincones y secretos. De lo contrario, se corre el riesgo de perderse entre falsificaciones de las que luego ya no es posible desprenderse.
Ahora, a las mujeres que valen la pena les gusta tener energía, ir rápido a todo, saber hablar de todo, sonreír e incluso enfadarse con uno si es necesario. Pero el calor, la cercanía que expelen nunca llega a materializarse. Son dulces, amigables e, incluso, muy sensuales. Hay algo, sin embargo, que las iguala a las neumáticas. La dificultad para ser normales. Cuando hablan con el viajero, lo hacen siempre con recelo. En el fondo, no acaban de creerse que sólo te interese charlar, o tomar café. La reacción de las neumáticas es, empero, distinta. Como no te creen, te ponen sus pechos chirriantes como neumáticos nuevos en la cara, con la esperanza de descubrir que hay truco. Y uno sólo quiere charlar y pasar un rato agradable con una mujer. Ya llegará el sexo, si es que ha de llegar.
Y cuando el sexo llega, todo depende. A veces al viajero le urgen cuidados intensivos, y en otras ocasiones, agotado de conocer y descubrir, el viajero quiere el confort que produce sentir que estás en casa, sentir que los dedos dulces de una mujer saben llegar a lo más profundo de tu alma, y completan el último tramo del viaje, el que hace que vivir en Madrid sea inolvidable.

viernes, 22 de febrero de 2008

Hace unos días unas esculturas de Igor Mitoraj alegran o no el Paseo del Prado. El motivo se debe a que ya ha abierto la Caixa Forum en el centro del mismo Paseo. Uno tiene la impresión de que lo que se persigue con todo esto no es sino atraer al público como si fueran clientes de una discoteca o una tienda de ropa. Imagino que de eso se trata, al fin y al cabo. La CaixaForum de Madrid es un edificio que flota, ligero, sostenido por su propio anhelo de subsistir más allá de la belleza temporal, en medio de los tres grandes museos de la ciudad.
La foto de la derecha es de una de las esculturas. Cuando la vi no pude más que pensar en Madrid. Esa escultura se me antoja que ha sido hecha pensando en esta ciudad. El crecimiento constante, lento pero inexorable, acaba siendo como el rostro seco que se llena de cuarterones, como la tierra sin agua. Cada grieta es una calle, una herida, una idea o un prejuicio que convierte en gueto aquello que rodea. Y, al final, sólo quedan grupos de personas carentes, pobres de algo. Tetuán, Lavapiés, Chueca, Vallecas, hoy se las conoce por el tipo de personas que viven en su interior, por su origen o tendencia sexual o el color de la piel o los negocios a los que se dedican. Al turista siempre le gustará conocer la ciudad a carta cabal. Y, tal vez, las ciudades, Madrid, se hayan organizado pensando en el que llega para marcharse pronto.
Pero el viajero, sin embargo, pasea como el funambulista bordea sus límites, y se impregna de cada cosa lo suficiente como para no olvidar que hay que seguir. El viaje, por las carreteras o los surcos, es lo que puede salvar a Madrid; caminar, conocer, echar agua en los cuartos de tierra y poblar las cuencas de los ojos para mirar.

miércoles, 6 de febrero de 2008

En una ciudad sin apenas pasado en sus edificios, llama la atención algunos rincones que se hallan en el centro, más propios de una ciudad medieval. Si el viajero pasea por la calle Mayor en dirección al Palacio Real llegará, más pronto que tarde, a la calle de los Coloreros, pequeñita y estrecha que no impide, sin embargo, que los hosteleros la llenen de mesas y sillas para los turistas. La calle, que se halla a la derecha de la imagen, es como una rampa que, inexorablemente, te conduce al lugar de la foto . Ésta es la entrada al Pasadizo de San Ginés, junto a la plazuela del mismo nombre. En este lugar halló refugio y consuelo Max Estrella, ciego de vista y de alcohol. Ahora hay la Chocolatería San Ginés, abierta las veinticuatro horas, todos los días del año. Cuando Luces de Bohemia, el lugar estaba ocupado por la Buñolería Modernista donde el héroe, a punto de convertirse en un moribundo, es recibido por un grupo de jóvenes radicales que lo vitorean. Él llega ya un poco borracho y acaba siendo detenido por alborotador. Y todo eso aquí, en este pequeño lugar, apenas transitado más que por turistas que, probablemente no sepan del pasado liteario, ni falta que les hace, y guiados por la atracción circense que es el Joy Eslava, al fondo a la izquierda.
A este lugar, sin embargo, le falta una cosa. Sería como Salamanca o Burgos o León si hiciera más frío. Y es que en Madrid nunca hace suficiente frío, a pesar de todo el pesimismo de Max Estrella. Siempre el aire de este puñado de callejuelas es más limpio que lo que cuenta Valle-Inclán. Y siempre, a pesar de todo el pesimismo, pasear por ellas o tomar un chocolate con churros aquí, en San Ginés, es reponer fuerzas para que el viajero continúe su marcha por este Madrid sorprendente, escondido a los ojos del que no busca.

domingo, 13 de enero de 2008

Recuerdo que la primera vez que oí hablar del viaducto de
Madrid fue en Salamanca. Leí una novela que transcurre toda ella en la capital, durante la República y la Guerra Civil. El viaducto aparece en varias ocasiones. Como lugar desde donde los tristes se arrojaban, y desde donde eran arrojados los traidores a la causa republicana. Desde entonces, el interés por esta obra ha ido en aumento. Tanto que, ya antes de llegar a la ciudad, sabía de todos los escritores que, de una forma u otra, han visto el viaducto de un modo diferente. Tal vez sean personas como González Ruano, Gómez de la Serna o Cansinos Assens los que han llevado el suicidio a la categoría de arte literario, visto a través del viaducto. Allí, cruzando la calle Segovia es donde los deportistas del salto al vacío, los precipitadores, hacían el último intento de superarse a sí mismos. Su mayor deseo era que algún escritor hinchado de bohemia los retratara en su salto del ángel. Y así, entre deportes extremos, absenta y vanguardias el viaducto ha llegado a formar parte de nosotros. Hasta que el anterior alcalde, Álvarez del Manzano, decidió romper la armonía, el equilibrio que existe entre la felicidad del saltador y el placer del artista imaginando ya el porrazo. Y se inventó un muro de plexiglás para poder dormir por las noches con la conciencia tranquila.
Ahora yo lo veo y, al no poder asomarme, porque además del suicidio estaba el disfrute de las vistas, siento que he llegado tarde, que el monumento a la desesperación, al último deseo ya no está. En su lugar, hay simplemente una construcción funcional, tan práctica (sirve para unir el Palacio Real con la iglesia de San Francisco El Grande) como poco interesante para el viajero.

sábado, 5 de enero de 2008

El otro día estaba con una amiga en la Gran Vía. Acabábamos de ver una exposición fotográfica de Marín (1908-1940) en Telefónica. Ella me comentó que podríamos ir a tomar algo a la zona de Chueca que, según me dijo, hay lugares muy agradables. También me propuso, ante mi gesto un tanto displicente, pasarnos por la zona de Lavapiés, y acercarnos a los restaurantes étnicos, especialmente indios, que inundan la zona como un Ganges de occidente. Entonces recordé que había un lugar que, siempre que pasaba a su lado, me hacía girar y observar su interior con curiosidad grande. Así que le sugerí que confiara en mí y me siguiera en dirección al Palacio Real.
Bajamos por Montera, menos poblada de putas de lo que su fama cuenta. Al llegar a la Puerta del Sol, a mi amiga se le ocurre que me gustaría ver el lugar donde se fundó el Psoe de Pablo Iglesias. Y me lo muestra con cierto orgullo, junto a la calle Preciados y el Corte Inglés. Es un bar restaurante más famoso, a pesar de su importancia política, por sus pinchos. El socialismo, como anteriormente el carlismo o el vanguardismo, pertenece cada día más a la Historia.
Seguimos por el Arenal en dirección a la Plaza de Oriente. Mi amiga, medio en broma, me dice que si sé adonde vamos. Allí, en medio de todo el bullicio de la Navidad, entre turistas, personas de pega, y parejas de clase media buscando regalos para sus niños, le digo de nuevo que confíe en mí. Al llegar a la Plaza de Isabel II, donde se halla el Teatro Real, el ambiente se calma un poco. Todo se suaviza, y el ruido desaparece. Es algo muy extraño, como si, de repente, estuvieras desnudo, y sientes vergüenza, y no sabes qué decir. Las bromas, por ello, se multiplican, y así, entre risas, llegamos al Café del Libro, La Buena Vida. Está situado a media altura de la calle de Vergara, una vía poco iluminada y propicia a la intimidad que buscan los libros.
El lugar es pequeño, acogedor, y atiborrado de libros. Todos se venden pero, si el viajero lo desea, puedes descansar y leer mientras tomas un café o una cerveza. Hay sólo cuatro mesas, quizá cinco. Nosotros nos sentamos en el centro del lugar, protegidos por el muro de la barra del café. Exactamente a la derecha de la foto, en la parte baja.
Sin embargo, lo que más me gustó, fueron las personas que lo regentan. Hay un hombre con barba y rostro simpático que, amablemente y ante tu desconcierto por la falta de costumbre, nos pregunta qué deseamos tomar. Le pido un té con limón y un cortado. También le pido algo de comer, y me dice que tiene algunos canapés salados, pensados sobre todo para las cervezas, pero que me los pondrá sin ningún problema. También hay una muchacha que sonríe, los ojos brillantes y felices, y, con un saltito cimbreante, se coloca a un lado para que pueda hacer la foto.
Y así pasamos un rato muy agradable y relajado en La Buena Vida. Me da la impresión de que es como una capilla, es íntimo, te induce a ser sincero y mires donde mires siempre hay un libro en el que refugiarte.
Al marcharnos, el hombre y la muchacha nos dan las gracias y nos miran a los ojos con gran familiaridad. Me gustaría volver solo y pasar una tarde entre libros y cafés.

viernes, 4 de enero de 2008


La mujer que se protege tras la eñe es Madrid. Abierta al mundo, pero celosa de su intimidad; receptiva a todo el que llega, pero derrochando español por los costados de su alma; con la mirada sin prejuicios, pero amante de sus costumbres y tradiciones.
En una ocasión hablábamos de su voz. Yo dije que era áspera. Y lo que yo creía ser un piropo, me pareció que ella lo recibió como algo negativo. Madrid es, como su voz y el jazz, áspera, que necesita de tiempo y paciencia para saborearla con placer. Una voz áspera lo es siempre desde la experiencia. Y Madrid es áspera, hasta que uno aprende a disfrutarla, claro. Cuando eso sucede, el viajero ya no puede prescindir de ella. Igual que el buen vino, o el jazz, o su voz. Es necesario aprender a disfrutar de todo aquello que es lo mejor, y que, por lo tanto, no es para espíritus fáciles o mediocres. Madrid, como esta mujer, o el jazz, no es para personas que se conforman con cualquier cosa. Tal vez por ello no todos saben vivir en esta ciudad, como no todos saben vivir junto a esta mujer que se nos muestra con unas manos entrañables, delicadas y cariñosas sosteniendo su protección . Tal vez, por ello, es casi imposible aprender a vivir en Madrid por uno mismo sin la ayuda de alguien que sepa cómo es, del mismo modo que es casi imposible vivir junto a esta mujer sin un plano del alma. Quien lo haga se aventura a perderse y a no encontrar nunca el camino que te lleva hasta ella.
No creo que nadie haya aprendido a disfrutar del jazz, con toda su aspereza, o de los buenos caldos, o de esta ciudad, sin que alguien haya guiado al viajero. En mi caso, ella es quien me ha guiado por Madrid, por sus calles. Ella es quien ha hecho que Madrid se haya transformado ante mis ojos. Y lo ha conseguido viajando a lugares con mucha historia. Pero, sobre todo, lo ha hecho seduciéndome con la voz, a la manera de una saxo a lo Miles Davis, o Joshua Redman.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

¿Es posible recordar a las víctimas del terror mirando un cilindro? A mí se me antoja harto difícil, sobre todo cuando miras alrededor de la plaza y no descubres ninguna placa conmemorativa, ni ningún tipo de información que te lleve a pensar que aquello es en honor de las víctimas de un atentado terrorista. Incluso, dentro de la estación, es difícil encontrar el lugar donde, se supone, el viajero puede levantar la vista y ver los nombres de los muertos. Ahora que hace frío, uno tiene la impresión de que hay como un deseo de que la gente no recuerde o de que olvide pronto. Imagino que cuando pasen los años, y los bebés de hoy crezcan, la gente se preguntará qué carajo es ese cilindro de cristal. Y sólo los madrileños más viejos, los que vivieron aquellos días, estarán en condiciones de reavivar los hechos. Sucederá como con los monumentos de generales y reyes, que al cabo del tiempo nadie sabe quién es esa persona que, espada en ristre, saluda a lomos de un caballo. Pero, en el fondo, es posible que tampoco importe mucho el porqué. Tal vez, lo que hace que el monumento a las víctimas del 11m sea importante es que está dedicado a mucha gente anónima. A sus familiares. Y aunque, dentro de unos años nadie recuerde el motivo de ese cilindro, formará parte del paisaje, y los madrileños los verán como algo familiar, suyo, si importar su fealdad estética.
Lo que el viajero no acaba de comprender es por qué es tan difícil encontrar la entrada del interior del cilindro. Hay que llegar a la zona del metro y de trenes de cercanías, que está al otro lado de la zona de largo recorrido. Y en la entreplanta, por donde no transita mucha gente, a la derecha, se podrá ver una sala en penumbra y azulada, como un local a la espera de ser alquilado, con gente que mira a un agujero en el techo por donde entra una luz como de iglesia. A través de ese agujero se pueden ver todos los nombres de los asesinados. No hay más, no se necesita más. El simple hecho de alzar la cabeza al cielo, ya es un ejercicio de humildad suficiente para comprender un poquito el dolor de las víctimas.

martes, 4 de diciembre de 2007


A veces nos sucede que entramos en el metro con la esperanza de que el tren lo haga a la vez y no perder así tiempo; sin embargo, nos paramos en seco porque resulta que somos los únicos en todo el recinto. No hay tren, no hay gente, no hay ruido. Caminas en dirección a la cabecera y te sientes, te escuchas. Y, entonces, una chica asoma por la entrada lejana del otro andén. Se detiene, te mira, os miráis, y la sonrisa se repite en vuestros labios. Pero no decís nada, sólo camináis hacia un encuentro imaginario, porque estáis en andenes diferentes. Y en el cruce la mirada es más intensa, como si construyerais un puente sobre las vías. La gente comienza a llenar el lugar, y en breve algún tren acabará con esa historia de amor. Tal vez sea mejor así, incluso es probable que si las circunstancias hubieran sido mejores, no habría habido ninguna historia.
Desde que vivo en Madrid he tenido varias historias de amor de este tipo. Historias que parece que sí, pero en realidad ya ha sucedido lo que debía suceder. Las escaleras, los andenes, las calzadas, los túneles, los cruces, incluso ya puestos hasta el messenger, o el chat de gmail. No sé, creo que he vivido demasiadas historias de amor con demasiadas mujeres aquí en Madrid, pero aún conservo un regusto de que no es suficiente, de que debe de haber otra forma de sentirse querido en esta ciudad.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Siempre he creído que el estado de estupidez en el que uno se halla cuando está enamorado se asemeja al hecho de tomar una tónica. Sí, ya sé que este parecido es tonto, naïf, pero resulta que cada vez que paseo por la Gran Vía y veo la enorme publicidad que ilumina la avenida, como un faro para protegernos de todo lo que nos encontramos a nuestro paso, no puedo evitar recordarla. Me ha dejado, definitivamente. Prefiere a otro porque es más feliz. Me lo dijo por sms. No es que no pueda estar conmigo, es que no quiere. Fue como el sorbo de una tónica, amargo y chispeante y doloroso al pasar por el gaznate.
La sensación que me queda al atravesar la Gran Vía, y ver el cartel enorme, es similar a la de tomar una tónica seca. Creo que no hay nada más estúpido que tomar una tónica seca. Es triste, patético, igual que cuando tu chica te dice que no te quiere lo suficiente. Paseas por la Gran Vía, y todo es degradante, jirones de gente salvada por las luces del anuncio.
Nadie toma una tónica sola, se toman acompañadas, como todo lo que hacemos en la vida. Sólo aquí, a lo largo de la Gran Vía, puedo ver que en el fondo, nos acompañamos porque no sabemos estar solos, tan aburridos como una tónica sola. Y me siento junto al limpiabotas del Palacio de la Música, le invito a una tónica y nos reímos. Observo cómo escupe sobre el zapato del cliente y le saca brillo, y el cartel parece más luminoso. La gente se detiene y aplaude su labor. Miro a todas las caras con la esperanza infantil de verla, pero no aparece, porque prefiere a otro. Y la tónica, sin sabor, es aún más amarga cuando se bebe caliente.

lunes, 26 de noviembre de 2007


La Gran Vía tiene algo extraño que no he visto en ninguna gran avenida del mundo. Es cierto que me gusta pasear por ella. Probablemente es uno de lo lugares más internacionales o cosmopolitas con los que el viajero se pueda encontrar. Es agradable ver tanta variedad de gente, especialmente los fines de semana, que se llena de turistas. A mí me gusta porque si se tiene paciencia y se sabe observar, al final llegan aquellas personas que desde pequeño he tenido entre mis predilectos. Hace poco, a eso del mediodía, en octubre, y un calor que pinchaba en el cogote, me crucé con Jaime Urrutia, el solista y alma de Gabinete Caligari. Nos cruzamos en el semáforo, el penúltimo antes de llegar a la calle Alcalá. Me quedé en medio de la calzada, tal que sorprendido. Joder, el de los Gabinete. Y las Cuatro Rosas, Camino Soria, Caray y otras obras maestras corrieron ufanas a mi cerebro. El sol dejó de pincharme, y la mañana duró todo el día.
En otra ocasión, me topé con Juan Manuel de Prada. El encuentro fue diferente. Me sorprendió porque era la segunda vez que coincidía con él en Madrid, y la tercera que nos encontrábamos. En Madrid, la primera vez fue en el metro. Línea 8, dirección Nuevos Ministerios. Probablemente él regresaba del aeropuerto. Estaba sentado entre dos asientos y su gordura se repanchigaba hasta el suelo. Yo permanecí de pie, un tanto azorado y sorprendido, con un libro que trataba de técnicas literarias. Al darme cuenta sentí cierta vergüenza, pero entonces recordé que desde Coños De Prada cada vez me ha decepcionado más. La segunda vez fue entre La Casa del Libro y el Palacio de la Música, que todo el mundo sabe que es una sala de cine. Él caminaba con una bolsa de La Casa del Libro, imagino que llena de libros, con aspecto de gran satisfacción. No era necesario que se apartara ante la gran cantidad de gente que inundaba las aceras, porque era él quien marcaba el sendero con su enorme corpachón, un tanto indolentemente. En fin, no fue nada del otro mundo mi segundo encuentro con este escritor, sólo sorpresa por tantas coincidencias.
Pero esta calle es también otra cosa. Cuando la atravieso tengo la sensación de encontrarme envuelto en un ambiente de provincianismo típico de la época de siempre en España. Es como si junto a todos los turistas, todo el cosmopolitismo, toda la modernidad aún siguiera allí aquello más castizo, más pueblerino y mezquino de todos los españoles. Como si el tiempo o las costumbres, o las ideas, no hubieran pasado por allí. Sí, es cierto que hay más prostitución y drogas que hace unos años, que el ambiente se sigue degradando pero, como el sarro de los dientes, el Madrid de siempre está allí. Y, al final, a pesar de los cabreos, aceptas que la Gran Vía es como tu familia, forma parte de ti, de lo que eres, aun sin quererlo.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Siempre, ya no recuerdo desde cuándo, cada vez que entro en una librería, o papelería-librería, compro más de lo que quiero o necesito. En una ocasión, entré a por un bolígrafo, apenas tenía tiempo, porque debía comenzar mis clases. El caso es que salí del lugar con un bolígrafo y cuatro libros.
Algunas personas tenemos la necesidad, el vicio, o lo que sea, compulsivo de tener libros a nuestro alrededor. Preferimos comprar que tomar prestados de la bibliotecas o que pedirlos a nuestros amigos. Nos gusta que nuestro espacio vital, nuestro entorno, esté lleno de libros. Pasear por la casa, por el pasillo, la sala de estar, el dormitorio, incluso el baño. Todo lleno de libros. Probablemente los psicólogos lo consideran una patología o neurosis, o como quieran llamarlo. En cualquier caso, seguro que no nos ven como personas normales. Y nos clasificarán dentro del grupo de "compradores compulsivos", y comenzarán a enumerar las causas de nuestra compulsividad. Insatisfacción personal, frustración laboral, complejo de inferioridad, personalidad débil, etc. Pero se equivocan, no tienen ni idea de porqué a algunas personas nos suceden estas cosas.
Nuestras vidas están hechas de cosas. La mía, en concreto, de libros. Y todos mis recuerdos están, inexorablemente, unidos a un libro.
Aún está muy reciente lo sucedido los últimos meses. Dentro de unos años, cuando recuerde mi cambio de casa en septiembre, mi hartazgo como profesor, o mi reencuentro con una mujer que, ahora ella, no me quiere lo suficiente, lo que aparecerá en primer plano será La carretera, de Cormac McCarthy. No es que lo que me ha pasado tenga que ver con la novela, pero uno, al final, tiende a relacionarlo todo. Y así, la tristeza, la falta de comunicación, las medias verdades en los diálogos entre el padre y su hijo, están en todo lo que yo he vivido. Y es lo que quedará.
¿Y por qué la foto de La Casa del Libro? Porque es ahí donde más feliz he sido desde que vivo en Madrid.

jueves, 15 de noviembre de 2007


Cuando era pequeño y vivía en Ciudad Real, y viajar a Madrid era una aventura de cuatro horas y transbordo en Alcázar de San Juan, de vez en cuando llegaban noticias de la capi. Recuerdo que en una ocasión leí una noticia acerca de un acontecimiento cinematográfico en unos cines llamados "Jean Renoir". Era la época en que yo flirteaba con el cine, cuando sentía una curiosidad exacerbada por la nouvelle vague, por los cineclubs, por los cineforums, por las pelis de tesis y ensayos, etc. Y, desde aquellos momentos, los cines Renoir se convirtieron, en mi memoria selectiva, en uno de los lugares a donde iba cuando quería sentirme entre algodones. Ahora, a pesar de vivir en Madrid, no he entrado todavía en ninguno de los cuatro cines Renoir. No sé por qué, pero tal vez sea para evitar que la realidad destruya mi pasado.

domingo, 4 de noviembre de 2007


Cerca del metro de San Lorenzo está la m4o, y al otro lado un conglomerado de multinacionales, bancos y empresas de muy diverso pelaje. La foto corresponde al lugar por el que todos los ejecutivos, brokers y empleados han de pasar para llegar a sus puestos de trabajo. Lo que no se ve corresponde a la parte cutre, a los edificios de la época de Franco, todos de protección oficial, y todos destinados a gente sin muchos recursos. Hay calles que no existen, que sólo son pasos entre dos edificios, rodeados de jardines sin cuidar, sin apenas tráfico, con los niños y los churumbeles de aquí para allá.
Yo salgo del metro, camino unos ocho minutos entre piedras, adoquines y follaje selvático, y llego al umbral del Olimpo. Siempre leo el mensaje que reza en la puerta: tu vida es una puta mierda y lo sabes. Y me veo, entonces, como el general romano que, al entrar triunfante en la ciudad eterna, venía acompañado de una especie de aguafiestas que le recordaba que era mortal, y que moriría.
En este lugar imparto clases de español a cinco ejecutivos del BBVA. Matemáticos, economistas, abogados, etc., todos trabajando en comunión por el bien de la empresa, que no tiene otro cometido que el de hacer que sus trabajadores ganen dinero usando como mercancía el dinero. Estoy seguro de que la bondad de su carácter, el de mis estudiantes, se debe, estoy seguro de ello, a la máxima que cada día han de leer irremediablemente.
Recuerdo que uno de ellos, cuando le dije lo que era, profesor de español y aspirante a vivir de la literatura, me dijo muy sorprendido: "¡¡trabajas en lo que te gusta!!". Por supuesto, y no podría ser de otro modo.
Tal vez la frase me gusta porque siempre la he tenido en cuenta. Tu vida es una puta mierda y lo sabes. Siempre, de un modo u otro (intuitivamente), he sabido que nuestras vidas no valen tanto como a menudo solemos pensar. Al fin y al cabo, en unos pocos años ¡puff!! habremos desaparecido. Y la gente seguirá como si tal cosa. Algunos nos recordarán, claro, pero ¿cuánto tiempo? ¿20 años, tal vez 50? ¿y luego, qué? Por eso, siempre es preferible una profesión que llegue, de una forma o de otra, al corazón de la gente. Entre las mejores están las creativas. La literatura, sin duda, destaca por encima de todas porque usa palabras, que es la forma que tenemos los seres humanos de relacionarnos con la realidad. Poner nombres a las cosas, identificarlas, creo que ha sido lo más grande que ha hecho el ser humano, porque al poner nombre a lo que le rodea o a lo que siente o a lo que experimenta, está diciendo no sólo que está vivo sino que, además, lo sabe. Sólo así, es posible, entonces, la supervivencia. Sólo así conocemos la realidad y, por lo tanto, a nosotros mismos, no antes. Y sólo así, la gente puede recordar lo que escribimos, y repetirnos eternamente, como hoy repetimos a Homero o Dante, o Shakespeare, o Cervantes, o Faulkner o McEwan. Y todo ello, porque sabemos que nuestras vidas no son gran cosa. Por eso es importante escribir y por eso algunas profesiones son intrascendentes.

domingo, 12 de agosto de 2007




La Glorieta de Cuatro Caminos es una plaza en la que confluyen cinco calles y una callejuela, El camino de Los Artistas. Todas las calles son de doble sentido, pero Los Artistas sólo es de entrada. Emboscarse en ella supone conocer los riesgos de tamaña aventura. Si uno desea salir, puede hacerlo por alguna de las otras callejuelas que la cortan. La de Cicerón o, mejor aún, Dulcinea o Don Quijote, que son las dos que cortan mi manzana, o cuadra como dicen por acá. Si el otro día despotricaba contra este submundo, hoy sólo comentaremos.

El día que vine a ver el apartamento, el ocho de enero, no suponía que deseara marcharme tan pronto. Sin embargo, hay vida, mucha vida alrededor del McDonalds que vigila la Glorieta. Todos los domingos, como antes entorno a las iglesias, se forma una barahunda de gente increíble. Algunos, incluso, compran hamburguesas. De aquí hasta Plaza de Castilla, está lo que se ha dado en llamar el Bronx de Madrid. O algo así. Los Artistas queda del otro lado, lógico, el del bueno. A tiro de piedra del mercado de las Maravillas, famosísimo en Madrid por la calidad de sus productos, afirman quienes lo conocen. De momento, yo me he paseado por su interior y, en verdad es fantástico o, mejor, interesante.

sábado, 4 de agosto de 2007


Ser artista en Madrid es como ser puta en la Casa de Campo. A nadie le importa. Pero, al igual que a las putas de la Casa de Campo, recién expulsadas de su lugar de trabajo, nos sucede que en Madrid tenemos las mejores oportunidades para poder ver nuestros textos publicados. Por supuesto, esto no tiene nada que ver con el hecho de vivir en La calle de los Artistas, que se llama así porque en su interior se hallan seis artistas por metro cuadrado. Artistas del sexo, del mangoneo, de cómo beber desde las cuatro de la tarde y seguir haciéndolo hasta las seis de la mañana como si tal cosa, artistas del pis, de cómo llenarlo todo de mierda y parecer natural. Además, hay algunos que se dedican a escribir. Yo. O a pintar, un vecino mío. Pero he decidido marcharme de aquí. Mi vecino, el pintor, cada día está más desquiciado. A sus más de sesenta años todavía nadie se ha dado cuenta de lo bueno que es. Eso me cuenta casi a diario. Se ha pintado todos los rincones del Retiro, incluso aquellos que nadie sabía que existían. El otro día me explicó que se vino a este callejón para ver si así el arte afloraba en toda su intensidad. Yo me vine porque no encontré nada mejor en los pocos días que busqué.
La calle de Los Artistas es retorcida, imprevisible en sus múltiples recodos, sorprendente siempre, bulliciosa en los primeros tramos y tenebrosa hacia el final, donde vivo. Los Artistas es una calle que la gente decente no quiere recorrer, prefiere atravesarla. Otros preferimos marcharnos.

domingo, 15 de julio de 2007

Ahora ya no, han pasado varios meses y las cosas comienzan a ser repetitivas. Pero, durante las primeras semanas de vivir en Madrid, siempre, cada día, cada vez que entraba en algún vagón de metro, olía a aceitunas. Era como si alguien se preocupara de tenerme el alma contenta.
En cierta ocasión, recuerdo, había un niño regordete comiendo gusanitos y fritos y cosas de matutano llenas de maravillosa grasa, pero con un olor increíblemente fuerte. No importó en absoluto, allí al entrar estaban como esperándome, mis aceitunas de Jaén, o de Ciudad Real, que para el caso es lo mismo.
No sabría decir exactamente cuándo esta sensación dejó de repetirse, pero sí sé que el día siguiente al robo parecía que había, no personas, sino olivos dentro del metro. ¿Os imagináis que en los andenes, o en los pasillos interminables se hubieran plantado olivitos acompañándonos a lo largo del día?