
El otro día estaba con una amiga en la Gran Vía. Acabábamos de ver una exposición fotográfica de Marín (1908-1940) en Telefónica. Ella me comentó que podríamos ir a tomar algo a la zona de Chueca que, según me dijo, hay lugares muy agradables. También me propuso, ante mi gesto un tanto displicente, pasarnos por la zona de Lavapiés, y acercarnos a los restaurantes étnicos, especialmente indios, que inundan la zona como un Ganges de occidente. Entonces recordé que había un lugar que, siempre que pasaba a su lado, me hacía girar y observar su interior con curiosidad grande. Así que le sugerí que confiara en mí y me siguiera en dirección al Palacio Real.
Bajamos por Montera, menos poblada de putas de lo que su fama cuenta. Al llegar a la Puerta del Sol, a mi amiga se le ocurre que me gustaría ver el lugar donde se fundó el Psoe de Pablo Iglesias. Y me lo muestra con cierto orgullo, junto a la calle Preciados y el Corte Inglés. Es un bar restaurante más famoso, a pesar de su importancia política, por sus pinchos. El socialismo, como anteriormente el carlismo o el vanguardismo, pertenece cada día más a la Historia.
Seguimos por el Arenal en dirección a la Plaza de Oriente. Mi amiga, medio en broma, me dice que si sé adonde vamos. Allí, en medio de todo el bullicio de la Navidad, entre turistas, personas de pega, y parejas de clase media buscando regalos para sus niños, le digo de nuevo que confíe en mí. Al llegar a la Plaza de Isabel II, donde se halla el Teatro Real, el ambiente se calma un poco. Todo se suaviza, y el ruido desaparece. Es algo muy extraño, como si, de repente, estuvieras desnudo, y sientes vergüenza, y no sabes qué decir. Las bromas, por ello, se multiplican, y así, entre risas, llegamos al Café del Libro, La Buena Vida. Está situado a media altura de la calle de Vergara, una vía poco iluminada y propicia a la intimidad que buscan los libros.
El lugar es pequeño, acogedor, y atiborrado de libros. Todos se venden pero, si el viajero lo desea, pued

es descansar y leer mientras tomas un café o una cerveza. Hay sólo cuatro mesas, quizá cinco. Nosotros nos sentamos en el centro del lugar, protegidos por el muro de la barra del café. Exactamente a la derecha de la foto, en la parte baja.
Sin embargo, lo que más me gustó, fueron las personas que lo regentan. Hay un hombre con barba y rostro simpático que, amablemente y ante tu desconcierto por la falta de costumbre, nos pregunta qué deseamos tomar. Le pido un té con limón y un cortado. También le pido algo de comer, y me dice que tiene algunos canapés salados, pensados sobre todo para las cervezas, pero que me los pondrá sin ningún problema. También hay una muchacha que sonríe, los ojos brillantes y felices, y, con un saltito cimbreante, se coloca a un lado para que pueda hacer la foto.
Y así pasamos un rato muy agradable y relajado en La Buena Vida. Me da la impresión de que es como una capilla, es íntimo, te induce a ser sincero y mires donde mires siempre hay un libro en el que refugiarte.
Al marcharnos, el hombre y la muchacha nos dan las gracias y nos miran a los ojos con gran familiaridad. Me gustaría volver solo y pasar una tarde entre libros y cafés.