sábado, 5 de enero de 2008

El otro día estaba con una amiga en la Gran Vía. Acabábamos de ver una exposición fotográfica de Marín (1908-1940) en Telefónica. Ella me comentó que podríamos ir a tomar algo a la zona de Chueca que, según me dijo, hay lugares muy agradables. También me propuso, ante mi gesto un tanto displicente, pasarnos por la zona de Lavapiés, y acercarnos a los restaurantes étnicos, especialmente indios, que inundan la zona como un Ganges de occidente. Entonces recordé que había un lugar que, siempre que pasaba a su lado, me hacía girar y observar su interior con curiosidad grande. Así que le sugerí que confiara en mí y me siguiera en dirección al Palacio Real.
Bajamos por Montera, menos poblada de putas de lo que su fama cuenta. Al llegar a la Puerta del Sol, a mi amiga se le ocurre que me gustaría ver el lugar donde se fundó el Psoe de Pablo Iglesias. Y me lo muestra con cierto orgullo, junto a la calle Preciados y el Corte Inglés. Es un bar restaurante más famoso, a pesar de su importancia política, por sus pinchos. El socialismo, como anteriormente el carlismo o el vanguardismo, pertenece cada día más a la Historia.
Seguimos por el Arenal en dirección a la Plaza de Oriente. Mi amiga, medio en broma, me dice que si sé adonde vamos. Allí, en medio de todo el bullicio de la Navidad, entre turistas, personas de pega, y parejas de clase media buscando regalos para sus niños, le digo de nuevo que confíe en mí. Al llegar a la Plaza de Isabel II, donde se halla el Teatro Real, el ambiente se calma un poco. Todo se suaviza, y el ruido desaparece. Es algo muy extraño, como si, de repente, estuvieras desnudo, y sientes vergüenza, y no sabes qué decir. Las bromas, por ello, se multiplican, y así, entre risas, llegamos al Café del Libro, La Buena Vida. Está situado a media altura de la calle de Vergara, una vía poco iluminada y propicia a la intimidad que buscan los libros.
El lugar es pequeño, acogedor, y atiborrado de libros. Todos se venden pero, si el viajero lo desea, puedes descansar y leer mientras tomas un café o una cerveza. Hay sólo cuatro mesas, quizá cinco. Nosotros nos sentamos en el centro del lugar, protegidos por el muro de la barra del café. Exactamente a la derecha de la foto, en la parte baja.
Sin embargo, lo que más me gustó, fueron las personas que lo regentan. Hay un hombre con barba y rostro simpático que, amablemente y ante tu desconcierto por la falta de costumbre, nos pregunta qué deseamos tomar. Le pido un té con limón y un cortado. También le pido algo de comer, y me dice que tiene algunos canapés salados, pensados sobre todo para las cervezas, pero que me los pondrá sin ningún problema. También hay una muchacha que sonríe, los ojos brillantes y felices, y, con un saltito cimbreante, se coloca a un lado para que pueda hacer la foto.
Y así pasamos un rato muy agradable y relajado en La Buena Vida. Me da la impresión de que es como una capilla, es íntimo, te induce a ser sincero y mires donde mires siempre hay un libro en el que refugiarte.
Al marcharnos, el hombre y la muchacha nos dan las gracias y nos miran a los ojos con gran familiaridad. Me gustaría volver solo y pasar una tarde entre libros y cafés.

1 comentario:

Darcy dijo...

¿"Ahora es un bar restaurante famoso por sus pinchos"? Ahora y siempre lo fue. Casa Labra -imagino que te referirás a ella- siempre fue una taberna, como se llamaban entonces. Y fue precisamente en la parte de atrás de esa taberna donde se reunían, en la clandestinidad, como si de tomar algo se tratara, los que luego fueron fundadores del Partido Socialista. No había otro sitio donde reunirse. No sé si será un lugar para mostrar con orgullo, pero sí es un sitio lleno de historia y digno de conocer.