viernes, 4 de enero de 2008


La mujer que se protege tras la eñe es Madrid. Abierta al mundo, pero celosa de su intimidad; receptiva a todo el que llega, pero derrochando español por los costados de su alma; con la mirada sin prejuicios, pero amante de sus costumbres y tradiciones.
En una ocasión hablábamos de su voz. Yo dije que era áspera. Y lo que yo creía ser un piropo, me pareció que ella lo recibió como algo negativo. Madrid es, como su voz y el jazz, áspera, que necesita de tiempo y paciencia para saborearla con placer. Una voz áspera lo es siempre desde la experiencia. Y Madrid es áspera, hasta que uno aprende a disfrutarla, claro. Cuando eso sucede, el viajero ya no puede prescindir de ella. Igual que el buen vino, o el jazz, o su voz. Es necesario aprender a disfrutar de todo aquello que es lo mejor, y que, por lo tanto, no es para espíritus fáciles o mediocres. Madrid, como esta mujer, o el jazz, no es para personas que se conforman con cualquier cosa. Tal vez por ello no todos saben vivir en esta ciudad, como no todos saben vivir junto a esta mujer que se nos muestra con unas manos entrañables, delicadas y cariñosas sosteniendo su protección . Tal vez, por ello, es casi imposible aprender a vivir en Madrid por uno mismo sin la ayuda de alguien que sepa cómo es, del mismo modo que es casi imposible vivir junto a esta mujer sin un plano del alma. Quien lo haga se aventura a perderse y a no encontrar nunca el camino que te lleva hasta ella.
No creo que nadie haya aprendido a disfrutar del jazz, con toda su aspereza, o de los buenos caldos, o de esta ciudad, sin que alguien haya guiado al viajero. En mi caso, ella es quien me ha guiado por Madrid, por sus calles. Ella es quien ha hecho que Madrid se haya transformado ante mis ojos. Y lo ha conseguido viajando a lugares con mucha historia. Pero, sobre todo, lo ha hecho seduciéndome con la voz, a la manera de una saxo a lo Miles Davis, o Joshua Redman.

1 comentario:

underskin dijo...
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